Para M.
(einer geht es noch)
A veces cierro los ojos y miro al sol. En esa oscuridad tan clara me viene al pensamiento la imagen de una fotografía. Un muchacho subido a un ciruelo, ese muchacho sostiene a un niño en sus brazos, con la protección atenta de estar a cierta altura. Ambos sonríen.
Y yo me refugio a la sombra de ese árbol.
A veces cierro los ojos y miro al sol. En esa oscuridad tan clara, escucho una voz que canta en francés. Abro los ojos, y allí estabas tú, naciendo cada día:
Rosa
Y lo dejaré aquí, para que sean la tibia memoria de Abril
Buscan mis labios
el cielo de tu boca
donde perderse
Como el insecto que ignora que lo es y se esfuerza por cumplir la tarea con su estirpe.
Como las puertas que no saben si fueron colocadas para entrar o salir. “Perded toda esperanza” “prohibido el paso” o “entren sin llamar” y otras mentiras, pone siempre.
Como la tarde, ahíta de suspiros, que imita en el color a la mañana pero le es imposible reproducir su olor o su futuro.
Como el rompecabezas, todo temblor y miedo, que odia su última pieza cuando se le aproxima para dejarlo quieto e inservible.
Como la taza de café vacía, que llora con amargo recuerdo su aroma de suicida y el sabor de los labios.
No sé si así es la vida
pero el poema se parece mucho.
Lo que al día le pido ya no es
que me cumpla los sueños, que me entregue
los deseos cumplidos de otros días
porque al fin he aprendido que los sueños
son igual que las alas de un insecto
y al tocarlos el hombre se deshacen;
y es que un sueño al cumplirse es otra cosa
que no ayuda a volar.
Lo que al día le pido es ese sueño
que al rozarlo se parta en otros sueños
lo mismo que una bola de mercurio
y que brille muy lejos de mis manos.
Lo que al día le pido empieza a ser
más difícil incluso de alcanzar
que los sueños cumplidos, porque exige
la fe antigua en los sueños.
Lo que al día le pido es solamente
un poco de esperanza, esa forma modesta
de la felicidad.
Vicente Gallego

Decía Cernuda que El mar es un olvido,una canción, un labio; Pero este mar es más que olvido, más que canción, que labio. Más que azul, más que brasa , más que verso.
Más más...Gondal es mucho más.
Quisiera ser Tiresias esta noche
y en una lenta espera boca abajo
recibirte y gemir bajo tus látigos
y tus tibias medusas.
Sabiendo que es la hora
de la metamorfosis recurrente,
y que al bajar al vórtice de espumas
te abrirías llorando,
dulcemente empalada.
Para volver después
a tu imperioso reino de falanges,
al cerco de tu piel, tus pulpos húmedos,
hasta arrastrarnos juntos y alcanzar abrazados
las arenas del sueño.
Pero no soy Tiresias,
tan sólo el unicornio
que busca el agua de tus manos
y encuentra entre los belfos
un puñado de sal.

A los que no tienen voz
A los que nadie escucha
A los que cortan el ala de mi voz borrando mi letra en sus mensajes.
Es inútil, yo sigo en pie.
A los que me cobijan en su voz;
los que alientan mi escritura, voz de mis manos,
Es por estos que yo estoy en pie...

La voz
En todas partes una lengua emerge
que entre los árboles canta, canta.
Sube una voz. Ignoro cuántos pájaros
tiene mi voz que en los árboles vive.
Ignoro cuanta voz tiene mi voz
Con las aves que nacen de mi boca,
canta de prisa encima de mis labios.
Una voz es un hilo que se rompe
cuando un pájaro viene con vuelo torcido,
cuando un ave no tiene voz humana
y se hunde el viento en que un vilano vuela.
Yo no sé cuánto hilo tiene mi voz,
ni si algún halo tiene acaso
el ala de mi voz
que como el ave asciende
Pero a las ramas sube
y de tal modo puéblalas
que se rompen de pronto
y llueve savia cálida
sobre mis propios labios,
que son como mis fauces.
Me detengo
me miro
me busco
cierro los ojos
hay un espacio en blanco
(enero es un espacio en blanco)
Me detengo
te miro,
me encuentro
Como la estación
que sobre el tiempo espera,
y no se cansa
Así,
te aguardo.
v.
Cuando ella dice Milo, veo un sendero; años luz, llamas frías, sombras turquesas, en esa voz y la materia impalpable que la envuelve. Puedo caminar sobre las aguas. unida por un hilo finísimo y transparente de percusión que me lleva, me arroja sin remedio a un enigma indescifrable; a una espiral de calma, a una atracción más fuerte que la telúrica.
Es otro paralelo. Otra magnitud, otro lado, a tan sólo 4 minutos 55 segundos de ti, de mí. Y atravieso esa gruta de misterio donde soy capaz de entender que hay otro territorio. Más allá de todo lugar. Una eternidad contenida en ese parpadeo de cuerda. Dormir y volver al mismo sueño es posible, Milo.
Último naufragio, estrella celeste, cuerpo de metal:
Milo.

Tu ráfaga, tu huída.
Mi verdad, mi signo.
Que no haya un río tan ancho
y siempre un puente que lo cruce.
Nadie es perfecto, claro, y nadie sabe
que por eso está vivo, que le debe
la vida a sus defectos, que vivir
es tarea de astutos, de cobardes.
Si hemos sobrevivido a aquel dolor
que amenazaba con aniquilarnos
es porque no supimos sufrir como queríamos
y fuimos incapaces de fallecer en él.
O fue la vida, que se ama a sí misma
más que nosotros, la que lo impidió.
El miedo es, a menudo, un buen refugio.
La pereza protege. La cobardía salva.
Quizá exagero para que me entiendas:
si seguimos viviendo lo debemos
a no saber sentir, al deterioro
de nuestro asombro, al miedo
y a la astucia de los supervivientes.
Yo sé bien que la muerte se enamora
de los mejores, se los lleva pronto.
Los demás olvidamos si podemos
que no somos lo que desearíamos,
que la memoria inventa lo vivido
para ayudarnos a seguir viviendo.
Todo nuestro saber es nuestra astucia
en adaptarse al medio, en ir tirando,
en adaptarse al miedo, en no morir.
Y así nos va, nos vamos
perdiendo el tiempo, devorando días
y llevando la vida que podemos
por no saber llevar la que soñamos.
Juan Vicente Piqueras
